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Authors: Elspeth Cooper

Tags: #Ciencia ficción, fantástico

Bajo la hiedra

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Gair ha sido condenado a muerte
. Escucha música, música poderosa, y en la ciudad santa eso sólo puede significar una cosa: es un brujo, y ha de morir en la hoguera. Aunque consiga escapar, los caballeros de la Iglesia y su cazabrujos le perseguirán sin tregua, mientras su incipiente poder amenaza con destrozarlo por dentro.

No hay esperanza…
…ninguna, salvo una hermética orden, que también ha sufrido la persecución hasta ser prácticamente aniquilada. Si Gair consigue escapar, si consigue dominar sus peligrosas capacidades mágicas, si consigue encontrar a los guardianes del Velo, entonces quizá esté a salvo.

O puede que descubra que su lucha no ha hecho más que comenzar…

Elspeth Cooper

Bajo la hiedra

ePUB v1.2

Mística
12.02.12

Para mis padres,

que plantaron la semilla.

Confío en que la espera

haya merecido la pena.

1

CONDENADO

L
a magia había vuelto a desatarse.

Su música recorría los nervios de Gair como si fueran cuerdas de arpa, y la promesa del poder crepitaba a través de sus dedos. Todo cuanto debía hacer era abrazarlo. Si se atrevía. Pegó el rostro a las rodillas y rezó.

—Madre, llena eres de gracia, vida y luz de todo el mundo. Benditos son los mansos que hallarán la fuerza en ti. Benditos los misericordiosos, que en ti hallarán la justicia. Benditos los perdidos, que en ti encontrarán la salvación. Que así sea.

Versículo a versículo, verso a verso, la devoción se precipitaba a trompicones por sus labios resecos. Crispaba los dedos en torno a las cuentas del rosario para no confundirse de verso, pero hacía mucho que se había perdido. Cuando empezó a tartamudear, pegó con más fuerza las rodillas al pecho y volvió a empezar.

—Ay, madre, me he extraviado en un lugar oscuro. He vuelto a apartarme de la senda por la que me guías…

La música le susurraba al oído, seductora. No había nada capaz de ahogarla. Ni rezos, ni súplicas, ni siquiera los pocos himnos que recordaba. Estaba por doquier. En las paredes de hierro herrumbroso de su celda, en el sudor rancio de su piel, en los colores que distinguía en la oscuridad. Cobraba volumen poco a poco, con cada aliento.

Se oyó un campaneo argénteo. Gair abrió los ojos, perforados por la brillante luz, tan blanca que tuvo que hacerse visera con la mano. A través de los dedos distinguió dos siluetas cubiertas por mantos resplandecientes. Ángeles. Madre de Dios, ángeles enviados para llevarlo a casa.

—Bendíceme ahora y llévame a tu lado, perdona todos mis pecados…

Gair aguardó postrado la bendición. Le propinaron un fuerte golpe con el dorso de la mano y cayó de espaldas, despatarrado.

—¡Ahórrate tus cantos, aberración!

El siguiente golpe lo arrojó con fuerza contra la pared forrada de metal. Experimentó un intenso dolor en la sien y la música se adelgazó hasta el silencio.

—Ojo, que aquí no tiene poder para atacarte.

No. No tenía poder. La magia era demasiado indómita e impredecible como para que alguien la dominara mucho rato. No necesitaba verse encerrado entre paredes de hierro para quedarse indefenso. Hecho un ovillo en el suelo, Gair se llevó las manos a la dolorida cabeza.

«Benditos los perdidos…»

Unas botas con espuelas de plata cruzaron por su línea de visión entre el campanilleo del metal. No eran campanas. No eran mantos de luz, tan sólo las túnicas de lana blanca de los alguaciles del preboste. Los soldados lo esposaron y después lo pusieron en pie tirando de la cadena. Volvió a postrarse al tiempo que la celda parecía dar vueltas a su alrededor.

Uno de los soldados descargó una patada en los riñones de Gair. El otro chascó la lengua.

—Ya sabes que pronunciar su nombre en vano es pecado.

—Ajá. Te has puesto en manos de la fe equivocada, amigo mío. Sermoneas como un profesor. —Otra patada—. ¡Arriba, brujo! ¡Ve al juicio por tu propio pie o te llevaremos a rastras!

Gair se puso en pie con dificultad. Afuera, en el corredor empedrado, volvió a cegarlo la luz del sol que alanceaba a través de los altos ventanales. Los alguaciles lo flanquearon sin soltarlo del hombro, medio empujándolo, apuntalándolo en parte cuando daba un traspié. Cuando los demás soldados se situaron a su espalda, se oyó el ruido de las vainas y el campanilleo de las espuelas.

Corredores borrosos, interminables. Escaleras que se confabularon para hacerlo tropezar, escalones que le despellejaron los pies descalzos. No hubo tiempo de descansar, de recuperar el aliento, pues era caminar o caer, y no sería la primera vez. La piedad de la diosa no llegaba hasta allí, incapaz de atender sus plegarias por muchos que fuesen los fragmentos dispersos en aquel vacío que había dejado la magia en su interior.

—… Sé luz y consuelo tanto ahora como en la hora de mi muerte…

—¡Cállate!

Una mano guarnecida con guantelete le alcanzó el pómulo, pero un tirón de la cadena bastó para mantenerlo en pie. Salieron a corredores más amplios, de paredes cubiertas de madera; bajo los pies, baldosas de mármol en lugar de piedra desnuda, tapices colgando. Un último giro y los alguaciles detuvieron el paso. Las puertas oscuras se alzaban al frente, custodiadas por personas convertidas en manchas que portaban altos estandartes. Un soplo de aire sacudió la tela, y los Santos Robles flamearon mientras el recamado en hilo de oro resplandecía al sol.

Gair sintió un vuelco en el estómago cuando reconoció el lugar. Esas puertas conducían al salón del rede, donde los caballeros celebraban sus reuniones y ceremonias; donde la orden emitía y ejecutaba sus sentencias. Le temblaron las rodillas. Ruido metálico de cadenas cuando extendió las palmas de las manos para detener la caída en el suelo abrillantado. En su interior, el susurro de la música rebulló antes de guardar silencio.

La sentencia. Era demasiado tarde para que lo soltaran sin más. Demasiado tarde para esperar algo que no fuera el perdón.

«Ay, diosa, mírame con buenos ojos.»

Al frente, la imponente puerta doble se abrió silenciosa hacia adentro.

Desde el apartadizo cubierto con cortina situado sobre la puerta, Alderan vio el salón del rede en todo su esplendor, desde los centinelas con túnica hasta el roble tupido de hojas de bronce que se alzaba tras el asiento del preceptor y relucía a la luz del sol, que se filtraba por los ventanales. Se encontraba en un puesto lo bastante elevado como para pasar desapercibido, siempre y cuando no hiciera algo que llamase la atención. A pesar de ello, corría peligro.

Los bancos situados en los laterales del salón estaban ocupados por jerarcas, espléndidos en su escarlata ceremonial. Hasta donde alcanzaban sus cuentas estaban todos presentes. Mejillas sonrosadas y traseros bien almohadillados, hablillas, inclinaciones de cabeza, mucho lucir las plumas. Alderan frunció el labio.

«¿Y éstos son los herederos de Endirion? El primer caballero debe estar llorando a lágrima viva en su tumba.»

Un par de secretarios entraron por una puerta lateral, serios como cuervos, ataviados con túnicas negras. Tomaron asiento ante sendos escritorios enfrentados que había al pie de la tarima donde estaba el sillón del preceptor, mientras el acusador ordenaba sus documentos, y el escriba sacaba tintero y plumas para dejar constancia de lo sucedido durante la sesión. Al cabo de unos instantes, el preceptor en persona entró en la sala.

Ansel caminaba tan erguido como de costumbre con su anguloso cuerpo, pero el tono de su espeso cabello hacía juego con la túnica blanca. La mano que empuñaba el bastón de su cargo era nudosa y mostraba indicios de artritis.

«Por lo visto, ha encontrado un enemigo al que no puede enfrentarse. El héroe de Samarak, derrotado por el paso del tiempo.»

Junto a Ansel vio al capellán, igual que siempre, sólo que un poco más arrugado que la última vez. Danilar inclinó la cabeza de melena leonina para susurrar unas palabras al oído de Ansel y arrugó el entrecejo al escuchar la respuesta, antes de introducir las manos enormes en las mangas y dirigirse hacia su asiento, situado en el banco frontal. Ansel se irguió de hombros, subió los peldaños de la tarima y se volvió para encarar el salón. Los jerarcas guardaron silencio.

—Llamo al orden al rede —anunció—. Empecemos.

A Ansel le bastó con chascar los dedos para que los centinelas abriesen las puertas. Todos los jerarcas se inclinaron hacia adelante para poder ver mejor la entrada del acusado. Alderan crispó los puños, que apoyaba en el regazo. Eran los funcionarios de más antigüedad de la orden, subordinados del preceptor, que era la mano derecha del lector de Dremen.

«¡Y míralos! Boquiabiertos como patanes en mitad de una feria, esperando a que el director del espectáculo presente a la mujer tatuada o el ternero bicéfalo. Espero que la diosa vea lo que sus ungidos se disponen a hacer en su nombre.»

Entraron por la puerta un par de alguaciles que conducían a un prisionero que caminaba a trompicones entre ambos. El largo pelo lacio y una barba descuidada ocultaban el rostro del cautivo, pero nada disimulaba lo que le habían hecho. Tenía el cuerpo desnudo cubierto de rasguños y moretones; costras de la mordedura del látigo en la espalda, y uno de los pies dejaba a su paso manchones de sangre en el suelo ajedrezado. Cuando los alguaciles lo encadenaron al pasamano de caoba del banquillo de los testigos, el cansancio lo postró de rodillas.

La curia contuvo el aliento. Algunos jerarcas no disimularon el gesto de llevarse el pañuelo al rostro mientras miraban con cara de pasmo.

¿Tanto se habían apartado los suvaeanos de los preceptos de Yelmo de Diamante? ¿Habían recuperado el látigo y el interrogatorio, prohibidos durante siglos? Alderan sintió que la ira se le enroscaba en el estómago como una serpiente dispuesta a morder. ¿Eso entendían ellos por justicia?

El dolor laceró el pie de Gair al caer. La oscuridad anegó poco a poco su campo de visión, y el salón del rede se transformó en una vorágine de color escarlata y luz solar que lo absorbía hacia el suelo ajedrezado.

Experimentó una intensa náusea. Tragó saliva y cerró los ojos con fuerza hasta que superó el mareo. Los jerarcas lo miraban fijamente. Su repulsión, la terrible fascinación que los sobrecogía, le causó escalofríos en la nuca. El silencio reinante era tan estruendoso como un grito.

—¡Apóstata! ¡Infiel!

No tenía respuesta para ellos. ¿Cómo negar la verdad? La culpa gateaba por su piel.

«Levántate, novicio. Sea lo que sea que te espera, afróntalo de pie.»

Selenas, maestro de espadas, con su mano fuerte, bronceada, extendida para ayudar a un joven a levantarse en pleno patio de armas bajo el sol abrasador, lo que se antojaba hacía un siglo. Lo había hecho para que siguiera luchando.

Gair abrió los ojos. Baldosas blancas y negras a sus pies. Olores de abrillantador de suelos, incienso y («¡ten piedad, madre!») su propio cuerpo desaseado. En la periferia de su campo de visión, madera oscura, túnicas rojas. Que la curia lo mirase. No lo verían lloriquear en el suelo como un cachorrillo.

Con lentitud, consciente del peso de las cadenas en las muñecas, asió el pasamano de caoba y se puso en pie.

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