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Authors: Maurice Druon

Tags: #Novela, Histórico

De cómo un rey perdió Francia

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En el séptimo y último volumen de la saga de los Reyes Malditos, Maurice Druon revive el reinado de Juan II, al promediar el Siglo XIV. Este monarca ha pasado a la historia como Juan el bueno; sin embrago, en realidad fue un hombre vanidoso y cruel, al tiempo que indeciso e incapaz. Francia pasa por una época de intensas crisis. El país se ve desgarrado por luchas entre clanes y fracciones, Inglaterra pretende dominar todo el territorio francés, la inflación es galopante, los impuestos aplastan a la población, la Iglesia atraviesa una profunda crisis dogmática y moral, la peste asuela el país y el rey acumula error tras error. Los acontecimientos se siguen a través de la óptica de un gran personaje de la época, el cardenal Talleyrand-Périgord, quien además de fiel y agudo testigo, es también un protagonista esencial en todos los sucesos que se narran. La apasionante historia de Los Reyes Malditos culminará con el desastre de la batalla de Poitiers, donde el rey —tras desdeñar una ventajosa paz que se le ofrecía— caerá prisionero de los ingleses.

Maurice Druon

De cómo un rey perdió Francia

Los reyes malditos 7

ePUB v1.0

draflaeon
11.08.12

Título original:
Quand un Roi perd la France

Maurice Druon, 1977

Traducción: María Guadalupe Orozco Bravo

Diseño/retoque portada: Orkelyon

Editor original: draflaeon (v1.0)

ePub base v2.0

Introducción

Nuestra guerra más larga, la guerra de los Cien Años, no fue más que un debate judicial durante el que en ocasiones se recurría a las armas.

PAUL CLAUDEL

Las tragedias de la historia revelan a los grandes hombres, pero los mediocres son quienes provocan las tragedias.

A principios del siglo XIV Francia es el más poderoso, el más poblado, el más activo y rico de los reinos cristianos; el país cuyas intervenciones son temidas, cuyos arbitrajes merecen respeto y cuya protección es deseada por todos. Por tanto, cabe pensar que se inicia en Europa un siglo francés.

Entonces, ¿por qué, cuarenta años después, esa misma Francia sufre una estrepitosa derrota en los campos de batalla, vencida por una nación cinco veces inferior en número? ¿Por qué su nobleza se divide en facciones, su burguesía se rebela, su pueblo sucumbe bajo el exceso de impuestos, sus provincias se separan unas de otras, las bandas de asaltantes se entregan al saqueo y al delito, se menosprecia la autoridad, se devalúa la moneda, se paraliza el comercio y, por doquier, prevalecen la miseria y la inseguridad? ¿A qué responde esta derrota? ¿Quién ha desviado el curso del destino?

La mediocridad. La mediocridad de unos cuantos reyes, su fatua vanidad, la superficialidad con que atienden los asuntos, su incapacidad para rodearse de hombres capaces, su pereza, su presunción y su ineptitud para concebir grandes planes o, por lo menos, para ejecutar los que algunos proponen.

En política es imposible acometer empresas grandes y duraderas sin hombres que, merced a su genio, su carácter y su voluntad, inspiran, agrupan y encauzan las energías de un pueblo.

Todo se derrumba cuando los ineptos se suceden en la cúspide del Estado. La unidad se desintegra cuando se derrumba la grandeza.

Francia es una idea histórica, una idea nacida de la voluntad que, a partir del año 1000, se encarna en una familia reinante y se transmite tan obstinadamente de padres a hijos que la primogenitura de la rama principal se convierte rápidamente en legitimidad suficiente.

Por supuesto, la casualidad también representó un papel, como si el destino hubiera querido favorecer, gracias a una dinastía vigorosa, a esta reciente nación. Desde la elección del primer Capeto hasta la muerte de Felipe el Hermoso hubo once reyes en apenas tres siglos y cuarto, y cada uno dejó un heredero varón.

Naturalmente, no todos estos soberanos fueron auténticos linces. Pero siempre, a un incapaz o un monarca marcado por la mala suerte, le sucedió inmediatamente, como por la gracia del cielo, un rey de envergadura; en otros casos, un ministro talentoso gobernaba en nombre de un príncipe carente de las cualidades necesarias.

La joven Francia corre el riesgo de perecer a causa de Felipe I, hombre de mezquinos vicios y gran incompetencia. Lo sigue el adiposo Luis VI el Infatigable, que al acceder al trono encuentra un poder amenazado a cinco leguas de París, y al morir lo deja restaurado o restablecido hasta los Pirineos. El inseguro e inconsecuente Luis VII compromete al reino en las desastrosas aventuras de ultramar, pero el abad Suger mantiene en nombre del monarca la cohesión y la actividad del país.

Después, la suerte de Francia es tener, desde fines del siglo XII hasta comienzos del siglo XIV, tres soberanos geniales o excepcionales, cuya permanencia en el trono es prolongada -cuarenta y tres años, cuarenta y un años, veintinueve años de reinado respectivamente- de modo que el plan principal de cada uno llega a ser irreversible. Tres hombres de carácter y virtudes muy distintos, pero los tres muy superiores al común de los reyes.

Felipe Augusto, forjador de la historia, comienza, alrededor y más allá de las posesiones reales, a sellar efectivamente la unidad de la patria.

San Luis, iluminado por la piedad, comienza a consolidar, alrededor de la justicia real, la unidad del derecho. Felipe el Hermoso, gobernante superior, comienza a imponer, alrededor de la administración real, la unidad del Estado. Ninguno de ellos se preocupa demasiado de complacer a nadie, y más bien quieren actuar y ser eficaces. Cada uno debió beber el amargo brebaje de la impopularidad. Pero después de muertos se lamentó su desaparición más de lo que en vida se los había zaherido, burlado u odiado. Y lo que ellos desearon comenzó a ser una realidad.

Una patria, una justicia, un Estado: los fundamentos definitivos de una nación. Con estos tres artesanos supremos de la idea francesa, Francia había superado el período de las posibilidades. Consciente de sí misma, se afirmaba en el mundo occidental como una realidad indiscutible que rápidamente adquiría preeminencia.

Veintidós millones de habitantes, fronteras bien vigiladas, un Ejército que podía movilizarse rápidamente, señores feudales obligados a obedecer, direcciones administrativas controladas con bastante precisión, caminos seguros, un comercio activo; ¿acaso otro país cristiano de entonces puede compararse a Francia? ¿Y cuál de ellos no la envidia? Sin duda, el pueblo se queja de que la mano que lo gobierna es demasiado dura; gemirá mucho más cuando se vea entregado a manos demasiado blandas o demasiado frívolas.

Después de la muerte de Felipe el Hermoso, de pronto, todo comienza a resquebrajarse. Se ha agotado la buena y prolongada suerte que presidió la sucesión del trono.

Los tres hijos del Rey de Hierro desfilan por el trono sin dejar descendencia masculina. Ya hemos relatado en otro libro los dramas que vivió entonces la corte francesa, en relación con una corona librada una y otra vez al juego de las ambiciones.

Cuatro reyes descendieron a la tumba en un lapso de catorce años; ¡había motivo para imaginar cosas terribles! Francia no estaba acostumbrada a correr a Reims con tanta frecuencia. Parecía como si un rayo hubiese abatido el tronco del árbol capetino. Y que la corona se deslizara hacia la rama Valois, la rama inquieta y agitadora, no tranquilizaba a nadie. Príncipes ostentosos, irreflexivos, presuntuosos en extremo, dados a los gestos y desprovistos de profundidad, los Valois imaginan que les basta sonreír para conseguir que el reino se sienta feliz.

Sus antecesores confundían su persona con Francia. Éstos confunden Francia con la idea que se forjan de sí mismos. Después de la maldición de las muertes rápidas, la maldición de la mediocridad. El primer Valois, Felipe VI, conocido como «el rey encontrado» -es decir el advenedizo- en el lapso de diez años no fue capaz de consolidar su poder, porque precisamente al cabo de este período su primo Eduardo III de Inglaterra decidió reabrir la querella dinástica; se declaró legítimo rey de Francia, con autoridad para apoyar en Flandes, en Bretaña, en Saintonge y en Aquitania a todos los que, trátese de ciudades o de señores, tienen quejas contra el nuevo reino. Frente a un monarca más eficaz, el inglés sin duda hubiera continuado vacilando.

Felipe de Valois tampoco supo rechazar los peligros; en la Esclusa los ingleses destruyeron su flota por culpa de un almirante a quien sin duda eligieron teniendo en cuenta su desconocimiento de las cosas del mar. El mismísimo rey erraba por los campos, la tarde de Crécy, porque permitió que su caballería cargase pasando sobre su propia infantería.

Cuando Felipe el Hermoso aprobaba impuestos que después provocaban quejas, lo hacía para cubrir los gastos de la defensa de Francia. Cuando Felipe de Valois exige impuestos aún más gravosos, lo hace para pagar el precio de sus derrotas.

Durante los cinco años de su reinado, modificó ciento sesenta veces la ley de la moneda; el dinero perdió las tres cuartas partes de su valor. Los artículos, inútilmente gravados, alcanzaban precios desorbitados. Una inflación sin precedentes provocaba el descontento en las ciudades.

Cuando la desgracia se abate sobre un país, todo se entremezcla, y las calamidades naturales se suman a los errores de los hombres.

La peste, la gran peste, llegó del corazón de Asia y golpeó Francia con más dureza que a otras regiones europeas. Las calles de las ciudades eran como mataderos y los suburbios carnicerías. Sucumbió aquí un cuarto de la población, allá un tercio. Desaparecieron aldeas enteras, y de ellas sólo restaron, entre los eriales, las casas feudales abiertas al viento.

Felipe de Valois tenía un hijo y, por desgracia, la peste no se lo llevó.

Francia aún tenía que caer más en la ruina y la angustia; será obra de Juan II, llamado por error Juan el Bueno.

Este linaje de mediocres estuvo a un paso de destruir, en la Edad Media, un sistema que confiaba a la naturaleza la tarea de producir en el seno de una misma familia a quien ejercería el poder soberano. Pero ¿acaso los pueblos se ven beneficiados más a menudo por la lotería de las urnas que por la de los cromosomas? Las multitudes, las asambleas e incluso los cuerpos colegiados restringidos no se equivocan menos que la naturaleza. La providencia es poco generosa con la grandeza.

Primera parte: Las desgracias vienen de lejos

I.- El cardenal de Périgord piensa...

Yo habría debido ser Papa. Pienso a menudo que tres veces tuve entre mis manos la tiara; ¡tres veces! Con Benedicto XII, con Clemente VI y con nuestro actual pontífice, en definitiva fui yo quien decidió cuál sería la cabeza que merecía recibir la tiara. Mi amigo Petrarca me llama hacedor de Papas... No tan buen hacedor, porque jamás pude hacerla descansar sobre la mía. En fin, es la voluntad de Dios... ¡Ah! ¡Qué cosa tan extraña es un cónclave! Creo que de todos los cardenales que aún viven soy el único que ha visto tres. Y quizá vea un cuarto, si nuestro Inocencio VI está tan enfermo como él dice...

¿Qué son estos techos, a lo lejos? Sí, ya reconozco el lugar, es la abadía de Chancelade, en el valle de Beauronne... Sí, la primera vez yo era muy joven. Treinta y tres años, la edad de Cristo, y en Aviñón se murmuraba, apenas se supo que Juan XXII... Señor, conservad su alma en vuestra santa luz; fue mi bienhechor... si levantara la cabeza. Pero los cardenales no estaban dispuestos a elegir al más joven de sus hermanos, y reconozco sin vacilar que era una actitud razonable. En este cargo se requiere la experiencia que yo adquirí después. Eso sí, ya sabía bastante, por lo menos, para no alimentar inútiles ilusiones... Me las arreglé para que, por distintos caminos, muchos cuchichearan a los italianos que, jamás, jamás los cardenales franceses votarían por Jacobo Fournier, y así conseguí que volcaran sobre él sus votos, y que se le eligiese por unanimidad. «¡Habéis elegido a un asno!» Es el agradecimiento que nos arrojó a la cara apenas se proclamó su nombre. Conocía sus propios defectos. No, no era un asno; pero tampoco un león. Un buen principal de una orden, que se las había arreglado bastante bien para conseguir que le obedecieran, a la cabeza de los cartujos. Pero para dirigir a toda la cristiandad era demasiado minucioso, demasiado prudente e inquisidor.

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