Read El caso Jane Eyre Online

Authors: Jasper Fforde

Tags: #Aventuras, #Humor, #Policíaco

El caso Jane Eyre

Advertising Download Read Online

 

En el mundo de Thursday Next la literatura es casi como una religión. Se ha creado una brigada especial que se ocupa de asuntos tan esenciales como perseguir los plagios, descubrir al verdadero autor de las obras de Shakespeare o detener a los vendedores de falsos manuscritos. Pero ser detective literaria teniendo a un padre cronopolicía y a un tío capaz de las más locas invenciones no siempre ha de ser una ayuda. Y aún menos cuando Jane Eyre, la famosa heroína de Charlotte Brontë, es secuestrada por Acheron Hades, antiguo profesor de Thursday Next y moderna encarnación del mal absoluto... Como bien se dice en esta novela: «Las barreras entre la realidad y la ficción son más porosas de lo que creemos.»

Jasper Fforde

El caso Jane Eyre

Thursday Next 01

ePUB v1.0

Roy Batty
07.03.12

Título:
El caso Jane Eyre

Título original:
The Eyre Affair

Autor:
Jasper Fforde

Año de publicación: 2001

ISBN: 978-84-666-3198-3

Para mi padre

John Standish Fforde

1921-2000

Quien nunca supo que me convertiría en autor publicado

pero que igualmente se hubiese sentido muy orgulloso

… y también un poco sorprendido.

1

Una mujer llamada Thursday Next

«… La Red de Operaciones Especiales se creó para tratar esos deberes policiales que se consideraban demasiado extraños o demasiado especializados para confiarlos a las fuerzas regulares. Había en total treinta departamentos, empezando por el más mundano de Disputas Vecinales (OE-30) y pasando por Detectives Literarios (OE-27) y Crímenes Artísticos (OE-24). Todo por debajo de OE-20 era información restringida, aunque era de conocimiento público que la CronoGuardia era OE-12 y Antiterrorismo era OE-9. Se rumorea que OE-1 era el departamento que hace de policía de OpEspec en sí. Nadie sabía a qué se dedicaban los demás. Lo que sí se sabe es que los agentes individuales en sí son en su mayoría antiguos militares o policías, y están ligeramente desequilibrados. “Si quieres ser de OpEspec —se dice—, actúa de forma algo extraña…”»

M
ILLON DE
F
LOSS

Una breve historia de la Red de Operaciones Especiales

Mi padre tenía una cara que podía parar un reloj. No quiero dar a entender que fuese feo o algo así; era una frase que la CronoGuardia empleaba para describir a cualquiera que tuviese el poder de reducir el tiempo a un goteo ultra-lento. Papá había sido coronel en la CronoGuardia y había sido muy discreto con su trabajo. Tan discreto, de hecho, que no supimos que había empezado a actuar por su cuenta hasta que sus colegas de preservación del tiempo asaltaron nuestra casa sosteniendo una orden de Apresamiento y Erradicación sin fecha tanto en el futuro como en el pasado y exigiendo saber dónde y cuándo estaba.

Papá había permanecido en libertad desde entonces; supimos por sus visitas posteriores que consideraba que todo el servicio era moral e históricamente corrupto y que luchaba una guerra de un solo hombre contra los burócratas de la Oficina de Estabilidad Temporal Especial. No sé a qué se refería con eso y sigo sin saberlo; sólo esperaba que él supiese lo que hacía y que no sufriese ningún daño haciéndolo. Su habilidad para detener el reloj se la había ganado con mucho esfuerzo y era irreversible: ahora era un itinerante solitario del tiempo, sin pertenecer a una era en concreto sino a todas ellas y sin tener hogar excepto el éter cronoclástico…

Yo no era miembro de la CronoGuardia. Nunca quise serlo. Por lo que cuentan, no es que lo pasen demasiado bien, aunque la paga es buena y el servicio presume de un plan de jubilación que no tiene rival: un billete de ida a donde quieras y a cuando quieras. No, eso no era para mí. Yo era lo que llamábamos un Operativo de Grado I para OE-27, la división de Detectives Literarios de la Red de Operaciones Especiales con base en Londres. Es mucho menos chulo de lo que suena. Desde 1980, las grandes bandas criminales se habían metido en el lucrativo mercado literario y teníamos mucho trabajo por hacer y pocos fondos para hacerlo. Trabajaba para el jefe de área Boswell, un hombre bajito y regordete que parecía un saco de harina con brazos y piernas. Vivía y respiraba el trabajo; las palabras eran su vida y su pasión —nunca parecía ser más feliz que cuando estaba tras la pista de un Coleridge falsificado o un Fielding falso—. Fue a las órdenes de Boswell que arrestamos a la banda que robaba y vendía primeras ediciones de Samuel Johnson; en otra ocasión descubrimos un intento de autentificar una versión flagrantemente irreal de la obra perdida de Shakespeare,
Cardenio
. Divertido mientras duraban, pero eran sólo pequeñas islas de emoción en el océano de banalidades diarias que era OE-27: invertíamos la mayor parte del tiempo tratando con comerciantes ilegales, violaciones de copyright y fraude.

Llevaba ocho años con Boswell y OE-27, viviendo en un apartamento Maida Vale con Pickwick, un dodo de compañía regenerado que había quedado de los días en que la última moda era la extinción inversa y podías comprar un kit casero de clonación en casi cualquier tienda. Estaba deseando —no, estaba
desesperada
por— dejar de ser detective literario, pero los traslados eran desconocidos y las promociones imposibles. La única forma en que podría convertirme en inspectora sería si mi inmediato superior ascendía o se iba. Pero eso nunca sucedía; la esperanza que tenía la inspectora Turner de casarse con un hombre Perfecto acaudalado e irse del servicio era sólo eso: una esperanza, ya que a menudo el hombre Perfecto resultaba ser el señor Mentiroso, el varón Borracho o el caballero Ya Casado.

Como dije antes, mi padre tenía una cara que podía detener un reloj; y eso fue exactamente lo que sucedió una mañana de primavera mientras me tomaba un sándwich en un pequeño café no lejos de casa. El mundo parpadeó, se estremeció y se detuvo. El propietario del café se quedó congelado en mitad de una frase y la imagen del televisor se detuvo de inmediato. En el exterior, los pájaros colgaban inmóviles del cielo. Los coches y tranvías se detuvieron en la calle y un implicado en un accidente se detuvo en mitad del aire, con la expresión de terror congelada en el rostro al detenerse a medio metro del duro asfalto. El sonido también se detuvo, reemplazado por un instantáneo zumbido apagado, los ruidos del mundo en un momento del tiempo detenidos indefinidamente con el mismo tono y volumen.

—¿Cómo está mi esplendorosa hija?

Me volví. Mi padre estaba sentado ante una mesa y se levantó para abrazarme con afecto.

—Estoy bien —respondí, devolviéndole el abrazo con fuerza—. ¿Cómo está mi padre favorito?

—No puedo quejarme. El tiempo es un
buen
médico.

Le miré fijamente durante un momento.

—Sabes —murmuré—, creo que tienes un aspecto más joven cada vez que te veo.

—Así es. ¿Algún nieto en camino?

—¿Tal y como lo llevo? Nunca.

Mi padre sonrió y alzó una ceja.

—Yo todavía no sería
así
de categórico.

Me entregó una bolsa de los almacenes Wolworths.

—Hace poco estuve en el 78 —anunció—. Te he traído esto.

Me pasó un single de los Beatles. No reconocí el título.

—¿No se separaron en el 70?

—No siempre. ¿Cómo van las cosas?

—Igual que siempre. Autentificación, copyright, robo…

—¿… la misma mierda de siempre?

—Sí —asentí—. La misma mierda de siempre. ¿Qué te trae por aquí?

—Fui a ver a tu madre tres semanas por delante de tu tiempo —respondió, consultando el enorme cronógrafo de la muñeca—. Por la… aja… razón de siempre. Dentro de una semana va a pintar el dormitorio de malva… ¿Hablarás con ella y la disuadirás? No hace juego con las cortinas.

—¿Cómo está?

Soltó un suspiro largo.

—Radiante, como siempre. A Mycroft y a Polly también les gustaría ser recordados.

Eran mi tía y mi tío; los quería mucho, aunque los dos estaban locos como cabras. Sobre todo lamentaba no ver a Mycroft. Hacía años que no regresaba a mi ciudad natal y no veía a mi familia todo lo a menudo que debiera.

—Tu madre y yo creemos que sería buena idea que vinieses a casa durante un tiempo. Ella cree que te tomas tu trabajo demasiado en serio.

—Eso sería un poco hipócrita, papá, viniendo de ti.

—Eso ha dolido. ¿Qué tal están tus conocimientos de historia?

—No están mal.

—¿Sabes cómo murió el duque de Wellington?

—Claro —respondí—. Un francotirador francés le disparó durante las primeras fases de la batalla de Waterloo. ¿Por qué?

—Oh, por nada —murmuró mi padre fingiendo inocencia, mientras garabateaba en un cuaderno. Hizo una pausa—. Así que Napoleón
ganó
en Waterloo, ¿no? —me preguntó lentamente y con gran concentración.

—Claro que no —respondí—. La intervención a tiempo del mariscal de campo Blücher salvó la situación.

Entrecerré los ojos.

—Eso es historia básica, papá. ¿Qué tramas?

—Bien, ciertamente parece una coincidencia curiosa, ¿no crees?

—¿El qué?

—Nelson y Wellington, dos grandes héroes nacionales ingleses mueren
ambos
en los primeros momentos de sus batallas más importantes y decisivas.

—¿Qué sugieres?

—Podrían estar implicados revisionistas franceses.

—Pero no afectó al resultado de esas batallas —afirmé—. Ganamos igualmente en ambas ocasiones.

—Nunca dije que se les diese bien.

—¡Eso es ridículo! —me mofé—. ¡Supongo que crees que esos mismos revisionistas hicieron matar al rey Harold en 1066 para ayudar en la invasión normanda!

Pero papá no se reía. Respondió sorprendido.

—¿Harold? ¿Muerto? ¿Cómo?

—Una flecha, papá. En el ojo.

—¿Inglesa o francesa?

—La historia no lo dice —respondí, molesta por esas preguntas tan raras.

—¿En el ojo, dices…? El tiempo
está
desarticulado —murmuró, garabateando otra nota.

—¿
Qué
está desarticulado? —pregunté, sin poder oírle bien.

—Nada, nada. Buena suerte que yo naciese para…

—¿
Hamlet
? —pregunté, al reconocer la cita.

Pasó de mí, terminó de escribir y cerró el cuaderno de un golpe, para llevarse la punta de los dedos a las sienes y frotarse durante un momento. Miró nervioso a su alrededor.

—Me siguen. Gracias por tu ayuda, garbancito. Cuando veas a tu madre, dile que haga que las bujías tengan más brillo… y no olvides intentar disuadirla de pintar el dormitorio.

—Cualquier color menos malva, ¿no?

—Exacto.

Me sonrió y me tocó la cara. Sentía que se me humedecían los ojos; las visitas siempre eran muy cortas. Sintió mi tristeza y me dedicó el tipo de sonrisa que toda hija desea recibir de su padre. Luego dijo:


¡Porque me he sumergido en el pasado, todo lo lejos que OpEspec podría ver…

Hizo una pausa y terminó la cita, parte de una vieja canción de la CronoGuardia que papá me solía cantar cuando era niña.

—… contemplé una visión del mundo y todas las opciones que podría contener!

Other books
Earth Magic by Alexei Panshin, Cory Panshin
Wandering Lark by Laura J. Underwood
Obsessed by G. H. Ephron
2000 Kisses by Christina Skye
Scarred by J. S. Cooper
Flesh Worn Stone by Burks, John