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Authors: Marc Behm

Tags: #Novela Negra

La mirada del observador

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Un detective fracasado y solitario, obsesionado con una hija a la que busca desde hace años, es contratado por unos padres preocupados para que investigue a la pareja de su hijo. Ante la sorpresa del detective, la joven mujer se revela como una auténtica viuda negra capaz de matar a su marido con una insospechada frialdad. Sin embargo, el investigador no sólo no la delatará, sino que se desvinculará de sus clientes y se dedicará a seguirla obsesivamente e incluso a protegerla en ocasiones, puesto que en ella ve personificada de una manera irracional la figura de su hija. A lo largo de todos Estados Unidos, más de diez años y diversos asesinatos perpetrados, seguiremos a estos personajes inolvidables en una hipnótica espiral en la que Marc Behm sumerge al lector, haciéndole también partícipe de la fascinación de ese detective, cuyo nombre no aparece en toda la novela, y al que sólo conocemos, de una manera nada inocente, con el nombre de «el Ojo».

Marc Behm

La mirada del observador

ePUB v1.1

JackTorrance
16.03.12

Título original:
The Eye of the Beholder

Marc Behm, 1980

Traducción: Beatriz Pottecher, 2000

Prólogo de Paco Camarasa

«En el Teatro de la vida del hombre sólo a Dios y

a los Ángeles les está reservado ser espectadores.»

BACON

PRÓLOGO

Final de la década de los ochenta del siglo pasado. Había desaparecido Bruguera y su colección Novela Negra, donde muchos descubrimos a los «clásicos». Pero aún gozábamos de la existencia de bastantes colecciones: Alfa 7, Destino Suspense, Black, dirigida por Javier Coma, Crim Novela Negra, Crimen & Cia, Cosecha Roja de Héctor Chimirri, La Negra de Jaume Fuster, La Cua de Palla de Xavier Coma y Etiqueta Negra dirigida por Paco Ignacio Taibo II.

Los lectores y los adictos a la narrativa negrocriminal estábamos de enhorabuena cada semana. Autores y propuestas nuevas y diferentes hacían que sufriéramos de estrés lector. Leíamos mucho, compulsiva y desordenadamente. Nuestros bolsillos, en todos los sentidos, lo notaban. Y en aquella época las bibliotecas públicas aún estaban en proceso de cambio. Algunas, desgraciadamente, continúan en la actualidad sin entrar ni siquiera en el proceso.

En Etiqueta Negra, la mítica y nunca suficientemente añorada colección, nos proponían rescates de malditos, de Thompson, Chester Himes, Julián Ibáñez y David Goodis; traducían a Thierry Jonquet, Lawrence Block y Stuart Kaminsky, de los que habíamos oído hablar mucho y bien pero no habíamos podido leer; aparecían dos títulos de Westlake, al que habíamos conocido en la excelente traducción que Alberto Cardín hizo de
Dosmassié
, para Laertes. Y entre ellos, el número 15 de la colección fue
La mirada del observador
, de Marc Behm, del que no sabíamos nada.

¿Marc Behm? ¿Quién es Marc Behm?
Es difícil imaginarlo, pero entonces no había Google, ni siquiera existía la Semana Negra de Gijón, y ese nombre no salía ni en el Larousse ni en el Espasa. Si tenías la suerte de conocer a alguien del mundo del cine —yo era amigo de los valencianos de
Cartelera Turia
— te explicaban que era el guionista de directores como Stanley Donen en
Charada
o Richard Lester en
Help
, entre otros.

Pero no importaba mucho. Es bueno conocer cosas de quien te seduce y te fascina, pero no es fundamental. Lo importante, lo realmente importante, es la seducción, la fascinación. Y ésas son las dos palabras que recordaba de aquella extraña novela de ese autor raro de quien no sabía nada. El propio Paco Ignacio Taibo II reconocía en el escueto prólogo: «Si para los lectores de habla española Marc Behm resulta un desconocido, no lo es menos en los Estados Unidos, su país natal».

Quizá nos habría pasado desapercibida entre la avalancha de libros por leer, pero Silverio Cañada, uno de los tres mejores editores del tardofranquismo y la transición, nos la recomendó efusivamente, con su pasión habitual.

Después supimos algunas cosas más de Marc Behm: había nacido en 1925 en Trenton, New Jersey, y había estado por Europa no como turista adinerado sino como miembro del ejército en la Segunda Guerra Mundial. Después fue actor de teatro, de televisión, de doblaje. Trabajo que dejó por considerarlo agotador. Se trasladó a Francia, donde fijó su residencia. Y escribió y publicó. Poco, pero contundente.

La mirada del observador
, según el enciclopedista Claude Mesplède, es una de las joyas de la colección Serie Noire de Gallimard y Behm, «uno de los autores más sorprendentes y renovadores de los últimos años».

El Ojo, no sabremos su nombre, es detective de una agencia. Languidece tras una mesa de despacho, contemplando una fotografía de un aula escolar. Sabe que una de ellas es su hija Maggie, a la que busca y con la que sueña desde hace más de veinte años. Su jefe, Baker, le encarga un trabajo sencillo. Los señores Hugo, de Zapaterías Hugo, casa fundada en 1867, tienen un solo hijo, que «tiene una novia. Sus padres quieren averiguar algo de ella. Quieren saber hasta qué punto el chico está comprometido». Y de esa forma el Ojo conoce a Lucy Brentano.

Ella era una asesina a sangre fría que liquidaba maridos tan pronto como le llenaban la cuenta bancaria. Él era un detective que en cualquier momento podía detenerla, pero se limitaba a seguirla con obsesión, silenciosamente…

Es posible que piensen que no es un argumento muy original. No hay apóstoles extraños, ningún tipo de catedral, ni de código, la sangre no llega al río y lo hace desbordar, no salen forenses ni la policía científica. Un viejo argumento: una asesina y un detective que la sigue. Pero la maestría de un narrador, la genialidad de Marc Behm, hace que nos seduzca y fascine, que le acompañemos suavemente en la contemplación de algo bello, pero monstruoso e inocente a la vez. Le acompañamos, seducidos y fascinados, sin ninguna consideración ni juicio moral o ético. El Ojo es también nuestra mirada que lee, pero que, mediante la magia de la palabra, nos transmuta en el observador.

En 1983, el suplemento literario de
Le Monde
calificó
La mirada del observador
como la mejor historia policíaca de la última década. Pero ya se sabe que los críticos tienen la memoria ligera y los gustos cambian, y lo que importa son los lectores. Los mejores lectores negrocriminales de Francia se agrupan en la Asociación 813, y ellos decidieron darle su premio en 1982 a la mejor novela traducida.

El 12 de julio de 2007, en Gijón, durante la Semana Negra que celebraba alborozada su vigésima edición (los milagros existen), como casi cada año, en alguno de los lugares donde los negrocriminales nos intercambiamos lecturas, pasiones, rechazos, quejas y deseos, hablaríamos de
La mirada del observador
. Alguien preguntaría cómo conseguirla. Estaba agotada, la editorial había desaparecido y no dábamos con ella en el mercado de segunda mano ni por casualidad. Quien tiene un libro de Behm no lo presta a nadie; mucho menos lo vende.

El 12 de julio de 2007, en un pequeño pueblo de Francia, fallecía, triste y solitario, Marc Behm. Un narrador raro, sugerente, original, distinto y próximo. Un hombre al margen.

El próximo 12 de julio de 2008, en la Semana Negra de Gijón, uno de los deseos del año pasado se habrá visto cumplido: la reedición de
La mirada del observador
. El Ojo y Lucy-Joanna podrán tomar contacto de nuevo con sus lectores y lectoras y seducir de la forma en que sólo las grandes novelas pueden hacerlo. Redescubrir el viejo placer de la lectura.

Pasen y lean.

P
ACO CAMARASA
, librero

1

La mesa del Ojo estaba situada en una esquina junto a la ventana. Su único cajón contenía sus útiles de coser, su maquinilla de afeitar, sus plumas y lápices, su 45, dos cargadores, una revista de crucigramas, su pasaporte, un tubo de pegamento, una botellita sin abrir de Old Smuggler, y una fotografía de su hija.

La ventana daba a un aparcamiento situado dos plantas más abajo. En la oficina había otras once mesas. Eran las nueve y media.

Se estaba cosiendo un botón de la chaqueta y observaba el aparcamiento, donde un tipo mayor, vestido con un mono, estaba desvalijando un Toyota amarillo. El bastardo parecía tener llaves de todos los coches, y ya había saqueado un Monza V8, un Citroen DS y un Mustang II. Cogió un cartón de cigarrillos del Toyota amarillo y volvió a cerrar la puerta con llave. Nadie podía verle desde la calle porque iba a gatas. Correteó hacia un Jaguar XJ6C.

El Ojo dejó caer sus útiles de costura en el cajón, se puso la chaqueta, descolgó el teléfono y llamó al sótano. A los pocos minutos, tres brutos de la brigada de vigilancia rodearon al viejo ladrón. Le quitaron su botín y las llaves, le tiraron un cubo de agua sobre la cabeza y lo echaron del aparcamiento.

Eran las diez en punto.

El Ojo hizo los últimos cuatro crucigramas; terminó el libro. Lo arrojó a la papelera.

A las diez y media le pidió prestado
Le Figaro
a la chica que estaba sentada en la mesa ocho, leyó los titulares, el
Carnet du Jour
, los resultados de las carreras de Vincennes, y los
Programmes radiotélévision
. Intentó hacer los
mots croisés
franceses, pero lo dejó.

El joven chuleta de la mesa nueve le pasó el
Playboy
, y miró los desnudos. Todas las chicas posaban ladeadas y se toqueteaban a hurtadillas. «Miss Agosto, la despampanante Peg Pagee (izquierda), se excita con las películas árabes, el submarinismo, Mahler y la zoología.» «Miss Diciembre, la tímida Hope Korngold (derecha), admite que a menudo sus fantasías eróticas tienen que ver con metros, autobuses y transbordadores. ¡Pasajeros a bordo!»

Volvió a observar el aparcamiento durante un rato. Luego, a las once y media, sacó la fotografía del cajón y la estudió. Normalmente hacía esto durante una media hora todas las mañanas que estaba en la oficina.

Era una foto de grupo de quince niñas pequeñas sentadas en pupitres en un aula. Su mujer se la había enviado en el sesenta y uno, en una carta sellada en Washington, D.C. «¡Aquí está tu jodida hija, gilipollas! ¡Te apuesto a que ni siquiera la reconoces, mamón! P.D. ¡Que te den por culo!»

Era cierto: no tenía idea de cuál de las niñas era Maggie.

Voló a Washington y se pasó dos meses buscándolas, pero allí no había ni rastro de ellas. Agencias de detectives de todo el país intentaron localizarlas durante diez años; finalmente acabaron archivando la carpeta.

Apoyó la fotografía contra el teléfono de la mesa, se reclinó en su silla y se cruzó de brazos.

Quince niñas con tímidas caras de fotografía. Siete, ocho o nueve años. Una de ellas era su hija. Cumpliría veinticuatro años el próximo julio.

Su favorita durante largo tiempo había sido la mocosa despeinada del jersey blanco sentada bajo el crucifijo que colgaba de la pared. Sostenía una manzana y fruncía el entrecejo. Luego se cambió a la rubia con cola de caballo sentada junto a la pizarra en el otro extremo del aula. Mordisqueaba un lápiz. En la pizarra estaba escrito esmeradamente con tiza el principio del Salmo 23:
El señor es mi pastor, yo
… Luego, durante años, su elección se había centrado en el rostro pálido y delgado con flequillo de la última fila. Estrechaba sus manos con fuerza y parecía aterrorizada. Luego atrajo su imaginación la chica que estaba a su lado. Llevaba gafas y sonreía abiertamente…