Read Thuvia, Doncella de Marte Online

Authors: Edgar Rice Burroughs

Tags: #ciencia-ficción

Thuvia, Doncella de Marte

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En THUVIA, DONCELLA DE MARTE, cuarto título de la serie de John Carter de Marte, Carthoris (hijo de John Carter y la princesa Dejah Thoris) es acusado de raptar a Thuvia, hija de Thuvan Dhin, jeddak de Ptarth. Para demostrar su inocencia, deberá rescatar a la propia Thuvia de las mismas fauces de Kemal, el dios-león de Lothar.En esta novela, cuarta del ciclo de John Carter de Marte, el padre cede el protagonismo al hijo, que seguirá las mismas aventuras que aquel en Barsoom.

Edgar Rice Burroughs (1875-1950), es el gran clásico de la Ciencia-Ficción aventurera. Aunque es conocido fundamentalmente por!a serie de Tarzán y sus innumerables adaptaciones cinematográficas, es creador de otros ciclos, como el de Pellucidar. que recrea una humanidad prehistórica en el centro de la Tierra, o el de Carson Napier, que se desarrolla en el Venus clásico de los bosques jurásicos y las princesas cautivas. Sin embargo, para el lector de Ciencia-Ficción, su creación más lograda es la serie de John Carter de Marte, que narra las aventuras de un caballero virginiano del siglo XIX en un Marte moribundo hecho para el combate y la aventura.

Edgar Rice Burroughs

Thuvia, Doncella de Marte

Ciclo John Carter 4

ePUB v1.1

OZN
23.05.12

Titulo original: THUVIA, MAID OF MARS

Titulo traducido: Thuvia, Doncella de Marte

Autor: Edgar Rice Burroughs

Traductor: R. Goicoechea

ISBN: 978-84-95741-03-5

Editorial: Pulp Ediciones, 2001

CAPÍTULO I

Carthoris y Thuvia

En un banco de piedra pulida, bajo las espléndidas flores de una pimalia gigante, estaba sentada una mujer. Su bien formado pie, calzado con sandalia, golpeaba impacientemente el suelo del paseo, sembrado de joyas, que serpenteaba bajo los frondosos árboles sorapus, a través del césped color escarlata de los jardines reales de Thuvan Dhin, jeddak de Ptarth, cuando un guerrero de cabellos negros y piel roja se inclinó hacia ella, susurrando ardientes palabras a su oído.

—¡Ah, Thuvia de Ptarth —exclamó—, eres fría aun en presencia de las ardiente fuego del amor que me consume! ¡La piedra fría, dura y gélida de éste tres veces dichoso banco que soporta vuestra divina e inalcanzable forma no lo es más que vuestro corazón! Dime, ¡Oh Thuvia de Ptarth!, que puedo aún esperar, que aunque no me ames ahora, algún día, sin embargo, algún día, princesa mía, yo…

La muchacha se puso en pie de un salto, lanzando una exclamación de sorpresa y desagrado. Su cabeza, digna de una reina, se agitó altivamente sobre sus suaves hombros rojos. Sus ojos oscuros miraron coléricamente a los del hombre.

—Te olvidas de ti mismo y de las costumbres de Barsoom, Astokdijo ella—. No te he ofrecido la confianza suficiente para que hables así a la hija de Thuvan Dhin, ni tú te has ganado tal derecho.

El hombre se adelantó repentinamente y la sujetó por un brazo.

—¡Serás mi princesa! —gritó—. Por el pecho de Issus, lo serás, y ningún otro se interpondrá entre Astok, príncipe de Dusar, y el deseo de su corazón. Dime que hay otro, y le arrancaré su corazón podrido y lo arrojaré a los calots salvajes de los fondos de los mares muertos.

Al contacto de la mano del hombre con su carne, la joven empalideció bajo su piel cobriza, porque las cortesanas reales de los Palacios de Marte son tenidas casi por mujeres sagradas. La acción de Astok, príncipe de Dusar, era una profanación. No se reflejaba el terror en los ojos de Thuvia de Ptarth; solamente horror por lo que el hombre había hecho y por sus posibles consecuencias.

—Suéltame.

Su voz era fría y tranquila.

El hombre murmuró incoherentemente y la atrajo violentamente hacia sí.

—¡Suéltame —repitió con voz aguda—, o llamo a la guardia! Y el príncipe de Dusar sabe lo que esto quiere decir.

Apasionadamente, echó su brazo derecho alrededor de los hombros de la muchacha e intentó aproximar su rostro a sus labios. Con un débil grito, ella le golpeó de lleno en la boca con los pesados brazaletes que rodeaban su brazo libre.

—¡Perro! —exclamó ella, y luego—: ¡Guardia, guardia! ¡Apresuráos a proteger a la princesa de Ptarth!

En respuesta a su llamamiento, una docena de guardias llegó corriendo a través del césped color escarlata, con sus brillantes y largas espadas desnudas a la luz del sol, el metal de sus atalajes de guerra resonando contra sus correajes de cuero y en sus gargantas roncos gritos de rabia al contemplar la escena con que tropezaron sus ojos.

Pero antes de que hubiesen atravesado la mitad del jardín real para llegar adonde Astok de Dusar retenía aún en su abrazo a la joven que trataba de defenderse, otra figura saltó desde un macizo de denso follaje que ocultaba una fuente de oro, que se hallaba casi al alcance de la mano. Era un joven alto y esbelto, de cabello negro y penetrantes ojos grises, ancho de hombros y estrecho de caderas: el tipo perfecto de un luchador. Su piel tenía el débil tinte cobrizo propio de la raza roja de Marte, distinguiéndolos de las otras razas del planeta moribunda; era como ellos, y sin embargo, había una sutil diferencia, aún mayor que la que consistía en su piel de color más claro y en sus ojos grises.

Había cierta diferencia, también, en sus movimientos. Se aproximaba a grandes saltos que le acercaban tan rápidamente, que la velocidad de los guardias resultaba ridícula en comparación con la suya.

Astok sujetaba aún por el talle a Thuvia, cuando el joven guerrero se encontró frente a él. El recién llegado no perdió tiempo y sólo dijo una palabra:

—¡Perro! —gritó, y luego su acerado puño golpeó la barbilla del otro, levantándole en el aire y dejándole caer sobre un macizo que había en el centro de un grupo de
pimalias,
al lado del banco de piedra.

Su salvador se volvió hacia la doncella.


¡Kaor,
Thuvia de Ptarth! —exclamó— Parece que mi visita ha sido dirigida por el destino.


¡Kaor,
Carthoris de Helium! —dijo la princesa devolviendo el saludo al joven—. ¿Y qué menos podía esperarse del hijo de tan gran señor?

El se inclinó en reconocimiento del cumplido dirigido a su padre John Carter, héroe de Marte, y luego, los guardias, descansando de su carga, llegaron precisamente cuando el príncipe de Dusar, sangrando por la boca y espada en mano, salía trabajosamente del macizo de
pimalias.

Astok se hubiera precipitado a combatir a muerte con el hijo de Dejah Thoris; pero los guardias le rodearon, impidiendo lo que más le hubiera agradado a Carthoris de Helium.

—Di una palabra, Thuvia de Ptarth —le pidió—, y nada me agradará más que dar a ese hombre el castigo que ha merecido.

—No ha de ser así —replicó—. Aun cuando ha perdido toda mi consideración, es, no obstante, huésped del jeddak, mi padre, y sólo a él debe dar cuenta de la acción imperdonable que ha cometido.

—Sea como dices, Thuvia —replicó el heliumita—; pero después dará explicaciones a Carthoris, príncipe de Helium, por esa ofensa realizada sobre la hija del amigo de mi padre.

Según hablaba el joven, ardía en sus ojos un fuego que proclamaba un motivo más íntimo y tierno que el de su calidad de protector de aquella maravillosa hija de Barsoom. Las mejillas de la joven se sonrojaron bajo su sedoso cutis transparente, y los ojos de Astok, príncipe de Dusar, se oscurecieron al leer lo que pasaba, sin ser hablado, entre los dos, en los jardines reales del Jeddak.

—Y tú a mí —dijo él a Carthoris, contestando al reto del joven.

La guardia rodeaba aún a Astok. Se trataba de una posición difícil para el joven oficial que la mandaba. Su prisionero era el hijo de un poderoso jeddak, era el huésped de Thuvan Dhin; hasta ahora, un honorable huésped, el cual había mostrado toda la dignidad real. Arrestarle a la fuerza significaría nada menos que la guerra, y, sin embargo a causa de sus acciones merecía la muerte, a los ojos del guerrero
ptarth.

El joven vacilaba. Miraba a la princesa. Ella también consideraba cuanto dependía de la acción del momento inmediato. Durante muchos años, Dusar y Ptarth habían estado en paz. Sus grandes barcos mercantes circulaban entre las mayores ciudades de ambas naciones. Aun ahora, muy por encima de la cúpula dorada y escarlata del palacio del jeddak, podía ella ver el enorme bulto de una gigantesca nave aérea flotando majestuosamente a través del tenue aire barsomiano, hacia el Oeste, en dirección de Dusar.

Con una palabra podría precipitar a las dos poderosas naciones a un sangriento conflicto, que las privaría de su sangre más valiente y de sus incalculables riquezas, colocándolas en desvalida situación contra las invasiones de sus envidiosos y menos fuertes vecinos, y haciendo de ambas, al fin, presa para las salvajes hordas verdes de los cauces de los mares muertos. Ninguna sombra de temor influyó en su decisión porque los hijos de Marte escasamente conocen el miedo. Fue más bien el sentimiento de la responsabilidad que ella, la hija del jeddak, contraía por el bienestar del pueblo de su padre.

—Os he llamado,
padwar —dijo
al teniente de la guardia—, para que protejáis a la persona de vuestra princesa y para que mantengáis la paz, que no debe ser violada dentro de los jardines reales del jeddak. Esto es todo. Me escoltaréis hasta el palacio, y el príncipe de Helium me acompañará.

Sin dirigir la mirada a Astok, volvió la espalda y, tomando la mano que Carthoris le tendía, se dirigió lentamente hacia el masivo edificio de mármol que daba alojamiento al gobernante de Ptarth y a su brillante corte. A cada lado marchaba una fila de guardias. Así, Thuvia de Ptarth encontró la manera de resolver un dilema, eludiendo la necesidad de poner al real huésped de su padre en arresto forzoso, y al mismo tiempo separando a los dos príncipes, quienes, de otro modo, se hubieran precipitado el uno contra el otro en el momento en que ella y la guardia hubieran partido. Junto a las
pimalias
estaba Astok; sus ojos negros entornados, estrechándose de manera que casi quedaban reducidos a meras hendiduras que señalaban el odio bajo sus cejas, que habían descendido al contemplar las redondeadas formas, que iban retirándose de su vista, de la mujer que había despertado las más volcánicas pasiones de su naturaleza, y al hombre que, según creía ahora, se interponía entre su amor y la consumación del mismo.

Cuando el príncipe y la princesa desaparecieron, Astok se encogió de hombros y murmurando un juramento, atravesó los jardines, dirigiéndose hacia otra ala del edificio, donde él y su séquito estaban alojados.

Aquella noche se despidió de Thuvan Dhin, y aunque no se hizo la menor referencia al suceso del jardín, era fácil ver a través de la fría máscara de la cortesía del jeddak que sólo las costumbres de la hospitalidad real le retenían de expresar el desprecio que sentía hacia el príncipe de Dusar. Carthoris no estaba presente en el momento de la despedida ni Thuvia tampoco. La ceremonia fue tan rígida y formal como la etiqueta cortesana podía hacerla, y cuando el último de los dusorianos subió a bordo de la nave de guerra aérea que los había conducido a aquella desafortunada visita a la Corte de Ptarth, y la poderosa máquina de destrucción se hubo elevado lentamente, una impresión de alivio se reflejó en la voz de Thuvan Dhin al volverse a uno de sus oficiales para comentar un asunto extraño a aquel que, durante las últimas horas, había sido la mayor preocupación en las mentes de todos. Pero, después de todo, ¿era dicho asunto tan extraño?